jueves, 6 de julio de 2017

No me gustan las piedras






No me gustan las piedras. Ni sienten, ni padecen. Algunas se creen muy duras y, sin embargo, si las miras detenidamente y profundizas en ellas se deshacen rápidamente. Generalmente no tienen iniciativa, se dejan llevar y, siempre, para hacer daño. Te golpean sin ninguna explicación y si se la pides, te miran hieráticas, como piedras. No producen, no tienen conversación, son sedentarias y no tienen ningún afán de aventura. Eso sí, si otros influyen en ellas pueden cambiar de sitio, pero nunca por propia iniciativa.
¡Es verdad tienen algunas cualidades! Algunas tienen historia; otras luchan contra los elementos, generosamente, sin pedir nada, como una piedra, sin saber el porqué. También es cierto que hay piedras famosas: la piedra que sostiene la iglesia católica; la piedra filosofal, la piedra que mató a Goliath, la piedra en el zapato, la piedra que te enseña que tu destino es rodar y rodar ... Pero son tan secas, tan sosas, tan quietas y, a veces, tan inoportunas.

Definitivamente no me gustan las piedras, ni las personas que son como piedras. Tampoco que me de tanto el sol en la cabeza.

martes, 30 de mayo de 2017

Imaginaciones mías







A menudo distraigo mi cabeza en imaginar historias placenteras. A veces no, a veces construyo verdaderos dramas que tienen que ver con mi persona y que se convierten en tragedias que me arrastran al llanto. Es tan terrible el poder de mi imaginación, me conmueve de tal manera que sufro  por mi mismo y por mis seres queridos. Siempre soy el protagonista de la tragedia y siempre veo las imágenes o desde un plano general o desde una cámara cenital. Observo a los que lloran por mi y, cuando no soy yo el muerto, veo a todos aquellos que me quieren, darme el pésame y tener pena por mi. Es curioso, esto me ha pasado desde pequeño, y a veces me ha causado una terrible angustia. Pero ahora que lo escribo me da risa y alguna vez lo he utilizado para reírme de algún personaje de los escritos ( en el fondo de mi mismo). También es verdad que muchas veces me ha parecido de un egocentrismo insoportable y me ha llevado a reprenderme.
 Casi siempre me sucede en épocas de crisis, cuando alguien querido enferma a mi alrededor o cuando mi cabeza ha tenido un ajetreo constante y necesita desahogarse, soltar tensión. Sufro tanto que cuando lo recuerdo me da risa. Supongo que en todo esto hay un fondo miedoso y egoísta. Me cuesta perder las cosas queridas y acepto mal los cambios. No he sabido entender nunca las injusticias y la sinrazón, me cuesta aceptar que existen, que forman parte de nosotros y de la vida, que las llevamos con nosotros en cada poro de la piel y que forman parte de esta convivencia imperfecta.

A veces en vez de luchar, lloro y me angustio, y eso me cabrea. Me harto de darme pena a mi mismo.